
Es muy común escuchar a familiares decir que su padre o su madre ha cambiado, que ya no le reconocen como antes, que nunca había sido agresivo, despistado o desinhibido.
Y, en muchos casos, estos cambios tienen una explicación.
Con el paso de los años, nuestro cerebro también envejece. Algunas capacidades pueden volverse menos ágiles y, además, determinadas enfermedades pueden afectar a la memoria, la orientación, el comportamiento o la forma de relacionarnos con los demás. Este proceso no ocurre igual en todas las personas. Factores como la genética, el estado de salud, el nivel educativo, la actividad física, la estimulación cognitiva o la vida social influyen de manera importante. De hecho, muchas personas mantienen un buen funcionamiento cognitivo hasta edades muy avanzadas.
Cuando aparecen dificultades cognitivas, es habitual que las familias se sientan desconcertadas. Sin embargo, intentar comprender lo que está viviendo la persona puede ayudarnos a relacionarnos con ella de una manera más adecuada.
Imaginemos por un momento que cada vez nos cuesta más reconocer a quienes nos rodean, que no tenemos claro dónde estamos o qué día es, o que alguien a quien apenas identificamos insiste en que hagamos algo que no entendemos. Probablemente sentiríamos miedo, frustración o enfado.
Por eso, antes de juzgar determinadas conductas, conviene ponerse en su lugar. Hablar con calma, evitar las prisas, dar tiempo para responder y ayudar a orientarse en el espacio y en el tiempo puede marcar una gran diferencia.
Existen muchas formas de cuidar a quienes más queremos, pero todo empieza por comprender lo que están viviendo.

